lunes, 27 de octubre de 2008

Lenguas Vivas

Tenemos muchos debates últimamente a razón de las lenguas, por distintas vertientes. Por un lado está aún el conflicto en España con las lenguas cooficiales, ejemplificado con que en algunos centros de educación de ciertas autonomías no está generalizado el uso del castellano; otra cosa es el rollo de querer distinguir español de castellano y buscar malas intenciones en uno u otro caso; pero en eso no voy a entrar, porque tiene mucho a desarrollar y dista mucho del tema que quiero tratar hoy.

Las lenguas que hablamos en la actualidad se diferencian del griego clásico o del latín, lenguas muertas, precisamente en
lo que el propio nombre indica, están vivas. Esto significa que no son estáticas e inamovibles, sino todo lo contrario, que van cambiando en función de la población y de sus necesidades, como todo sistema complejo adaptativo (al igual que si se tratara de la evolución de la vida, que se va diferenciando en especies a partir de pequeñas diferencias, las lenguas de una misma procedencia se terminan separando). Esto ocurre en todos los niveles de un idioma, en mayor o menor medida: fonética, ortografía, gramática, sintaxis y léxico. Cada vez que hablamos o escribimos, estamos marcando la carretera por la que discurre nuestro modo de comunicación, tomando la base en lo que nos viene conocido del exterior, y añadiendo nuestro toque de personalidad, sobre todo en el acento y el vocabulario. Así se van creando dialectos y jergas.

Alguien me podría haber criticado por jugar con la arroba para englobar al géne
ro masculino y femenino en el título del post anterior. No sé por qué causa va a estar mal que yo haga uso de mi derecho de contribución. Por otro lado, tampoco entiendo que unos pocos que supuestamente son los que hablan bien el idioma castellano se atrevan a juzgar superior su habla cuando hay cientos de millones de personas que lo hablan algo distinto. Si la forma de hablar en México es la que comparten un mayor número de personas, en todo caso quizá podrían ser ellos los que establecer cómo se habla bien y cómo se habla mal, pero no necesariamente unos señores sentados en sillones si lo que pretenden es que hablar bien sea hablar igual para siempre, porque eso sería, muy literalmente, matar una lengua (hacer que deje de ser lengua viva para convertirla en lengua muerta).

Está claro que la evolución de una lengua debe ser relativamente lenta, y no
puede llegar alguien y modificarla tanto que nadie lo entienda; para eso hay que respetar unas normas que, de momento, son redactadas por señores sentados, cuya función es indispensable. Pero a su vez estos señores sentados deben adaptarse a las exigencias de la población, a veces más rápido de lo que les gustaría. El lenguaje codificado que se usa en sms, chats y apuntes es ya una realidad, pues la gente necesita escribir rápido y en menor espacio, y quizá intentar regularlo sería una mejor postura que intentar negar su existencia o destruirlo. Igual que cierto tipo de leísmo, o expresiones que en un principio fueron considerados vulgarismos, y hoy en día se consienten, habría que empezar a pensar en todos esos factores que el mundo moderno está introduciendo, como también ocurre con el género femenino de muchas palabras que antes no se aplicaban a mujeres, pero ahora ya sí.

Si bien el nivel de un hablante se mide por la capacidad que tenga para adaptarse a distintos registros, que nadie se deje engañar por otro que le diga que un estilo es el bueno y otro es el malo. Una de las tesis que uso más a menudo es “La lengua es de los que la hablan”, y así debe serlo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Cómod@ con un@ mism@

Hay personas que por gustar a los demás están dispuestas a sufrir mucho. O que para no sufrir mucho por no gustar a los demás, tienen que sufrir un poquito para gustarles. Hay otras que no quieren gustar a los demás, sino a sí mismas. También las hay que ya se gustan, y no tienen que hacer nada para conseguirlo.

La presión social del mundo contemporáneo parece conducirnos a unos cánones estéticos muy precisos, a veces origen de
Trastornos Alimentarios. Así enseguida pensamos en la ya tan típica y extendida Anorexia, y la no menos importante Bulimia. Estas enfermedades resultan en una pérdida de peso (bien por inanición o por vomitar lo ingerido), con consiguientes afecciones corporales debidas a carencia de nutrientes específicos que el organismo necesita. “Pero el objetivo lo cumple”, diría alguien muy obsesionado; lo malo es que ya no pueden parar. Igualmente, tampoco pueden parar de comer las personas con apetito compulsivo, lo que a veces lleva a la Obesidad, a la que también se puede uno acercar, no por comer mucho, sino por comer mal; éste es otro trastorno alimentario que conlleva problemas de salud igual de graves que los anteriores (desnutrición-sí, sí, un obeso puede estar desnutrido-, aterosclerosis, fatiga). Para “mejorar” el aspecto no sólo se recurre a la pérdida de peso; el entrenamiento de la musculación y las habilidades físicas puede llegar a convertirse en una obsesión más, caso de la Vigorexia.

Ya se alcance uno de estos nombres de enfermedad, o se tome cualquier otra medida con el fin de repercutir en
nuestra apariencia (desde peinarse, utilizar cremas, hasta operarse el pecho), estamos entrando en el juego de la Estética. Todo ser que se depila, se perfuma, se viste con determinada ropa, o se mira en el espejo, lo hace con una motivación. Así es cómo se termina dando lugar a los extremos.

Muchos os preguntaréis qué le pasa por la cabeza a uno de estos “obsesos” para aguantar sin comer (¡con lo rica que está la comida!), o para centrar todos los esfuerzos de su vida en conseguir unos músculos de ídolo griego. Podréis pensar en lo absurdo de sus actos si lo comparáis con lo bien que se sienten otros que apenas se fijan en su aspecto. Pero daos cuenta de lo que para ellos debe significar entonces el conseguir lo que desean, si están dispuestos a tantas cosas por lograrlo. Cuando nos planteamos, como personas, si hacer algo o no, pensamos en lo bueno que vamos a conseguir con ello, y en lo que nos va a costar de malo; en su caso, la balanza está claramente inclinada.

Reflexiono: “qué suerte tiene aquél que se siente cómodo consigo mismo”.

sábado, 25 de octubre de 2008

Bioética: amos del universo

Pues éste es el tercer y último capítulo del “Ciclo de la Bioética”, sobre Medioambientalismo y Experimentación Animal. Desde hace 160.000 años (fecha de la que datan los últimos hallazgos de Homo sapiens), el ser humano, al igual que cualquier otro ser vivo, se ha valido de su entorno para sobrevivir. Pero últimamente la cosa se ha ido acercando exponencialmente a extremos nunca antes conocidos en este planeta.

El hombre no tiene reparos en destruir el paisaje por hacerse con recursos mineros, en arrasar bosques y selvas por establecer terrenos agrícolas, o en extinguir especies animales autóctonas para criar ganado. Las selvas de Brasil se reducen en beneficio de los cultivos de la popular soja, los ecosistemas de los manglares en India peligran a causa de la cría de marisco, se exterminó al tigre de Tasmania para defender a las recién introducidas ovejas inglesas, y camino parecido llevan los pequeños y únicos kiwis australianos por culpa de las ratas y el turismo. Jugamos con el entorno al manipular y enterrar residuos radiactivos de centrales nucleares, nuestra incompetencia y atrevimiento cuesta derrames de petróleo que destruyen ecosistemas marinos que tardarán mucho en recuperarse, y nuestra voracidad insaciable por la comodidad está a punto de agotar las reservas de ese petróleo que tantísimos años le llevó formarse. La contaminación de la tierra por exceso de fertilizantes y la deforestación termina con los suelos, el agua caliente de las centrales eléctricas y los vertidos de algunas ciudades imposibilitan la vida en numerosos ríos. Y, por si fuera poco, las emisiones de gases clorofluorocarbonados (CFC) agujerean la capa de ozono que protege al planeta entero de la gran mayoría de radiaciones UV dañinas, las de óxidos de nitrógeno y azufre contribuyen a la lluvia ácida que puede debilitar hasta la muerte ecosistemas enteros a grandes distancias, y las de otros gases del efecto invernadero (sobre todo CO2) pueden estar al borde de cambiar radicalmente el clima a nivel mundial. Para estar hecho todo esto por una sola especie no está nada mal, ¿verdad?

Por otro lado, nos creemos tan superiores y tan dueños del mundo, que pensamos estar en nuestro derecho de jugar a nuestro antojo con el resto de seres vivos. Ahora, ya sin ponerme tan tremendista, me refiero a la
experimentación con animales: para que un producto cualquiera de aplicación al ser humano sea lanzado al mercado, es necesario que éste se teste con numerosos animales de laboratorio (caso de cremas, champú, tejidos sintéticos, fármacos, y hasta a veces ingredientes alimentarios o electrodomésticos). También se utilizan en investigación para descubrir nuevas vías de ataque contra enfermedades (por ejemplo la futura cura del Parkinson), terapia génica, etc. Para que millones de personas puedan disfrutar de todo esto, es necesario tal procedimiento. Pero ahora bien (como siempre), ¿hasta qué punto podemos llegar? En algunos lugares con falta de regulación y legislación suficiente, o en otros clandestinos, los susodichos son sometidos a duras torturas, a veces sin demasiada aplicación práctica; quemados, desmembrados, operados vivos y sin anestesia. ¿Podemos hacer todo lo que queramos? ¿Somos realmente los amos del universo?