Supongo que todos alguna vez hemos pasado un momento de nuestra vida, quizá años, quizá minutos, en que odiamos a todo el mundo. Vaya, qué dramático ha sonado; a lo mejor no a todo el mundo, sólo al 99%. Me refiero a una situación en la que piensas que el ser humano como conjunto no se merece existir en este mundo teniendo en cuenta cómo se comporta (ahora ya me quedo mucho más tranquilo, esto no ha quedado nada radical).
Te das cuenta de que estamos rodeados de vagos, incompetentes, abusones, soberbios, explotadores, maltratadores, interesados, prepotentes, ignorantes, egoístas, y, en general, gentuza sin escrúpulos ni empatía por nadie. Y piensas que, total, por dos o tres que se salvan, el ser humano es un desecho de la biología. "El infierno son los demás". Nadie merece realmente la pena. Te repugna estar junto a esa gente que actúa de un modo tan poco cívico. Durante unos instantes puedes hasta perder las ganas de vivir en un mundo en que "los hombres son lobos para el hombre". Entonces te has convertido en Misántropo, aborreces a la especie humana. Confieso que en cierta época de mi vida reconocí abiertamente mi condición como tal.
Pero, poco a poco, ves que hay más excepciones a esa "gentuza", y que las excepciones son muy valiosas, y que a lo mejor sí que merece algo la pena. Compruebas que hay personas que dan mucho sin esperar nada a cambio, gente que se esfuerza y pone todo de su parte, con buena voluntad e ilusión por vivir, y por compartir esa vida con los compañeros de viaje que tienen a su alrededor. Personas que, aunque, a veces, puedan hacer algo mal, o hacer daño, intentan que ésto sea así las menos de las veces; que anteponen los demás a ellos mismos; que dan oportunidades a quienes otros no se las dan; que están dispuestos a perder un poquito por que otros ganen mucho; en general que quieren dar lo mejor de sí. Y piensas que el ser humano es extraordinario (¡Anda! ¡Como en el anuncio de Aquarius!). Ahora puedes afirmar que eres Antropófilo, confías en que el hombre sea capaz de seguir adelante y de hacer del mundo cada vez un lugar mejor, aunque sea granito a granito. Esperas que el mecanismo de la sociedad encaje con tus engranajes, y que, juntos
, permitan ir desarrollando los procesos más o menos agradables que entraña este camino.
Personalmente, en el periodo actual, me encuentro en una fase de idealismo extremo (reconociendo la utopía, al menos, en la mayoría de casos), y, creo que, aunque haya que extirpar a algunos individuos del concepto abstracto del "más perfecto de los mundos posibles", la cosa funciona. Sin embargo, nunca estamos exentos de exponernos a la sombra de la misantropía, y podemos caer momentáneamente en ella si nos topamos con una alta proporción de "anti-personas". Promovamos la antropofilia e intentemos conseguir que esa peligrosa proporción gentucil cada vez sea menor; confiemos en el progreso humano, pero no sólo en un progreso "tecnológico" o "intelectual", sino en un progreso humano "humano".
El ser humano ha llegado a dominar la gran mayoría de situaciones imagin
ables, cualquier proceso del entorno o incluso dentro de su propio organismo, para defenderse contra las enfermedades o valerse de las leyes físicas a su antojo, siempre buscando el beneficio. Pero aún hay algo, de dimensiones mucho más complejas, con lo que no hemos sabido enfrentarnos, ni lograr control sobre ello: las ideas y los sentimientos.
Existe enorme variedad de situaciones a las que aplicar la anterior sentencia, y, en todos esos casos, la tesis perdura. ¿Cómo podemos decidir lo que queremos "creer"? A veces, no sin esfuerzo, somos capaces de hacer discurrir nuestro pensamiento por determinadas áreas, y guiar así nuestro proceso mental, pero no nos es posible establecer de antemano las conclusiones a las que esa reflexión nos vaya a conducir. Si, pensando, una vez dedujimos que la suma de uno y dos son tres, por más que queramos no podemos cambiar porque sí el hecho de que ya "sabemos" que es cierto. Si alguien, pensando, encuentra que para él una religión no tiene sentido, aunque quiera tener fe, no es dueño de hacer cumplir esa exhortación. Si alguien, pensando, se da cuenta de que hay unos valores que debe defender, por mucho que otra persona le insista, lo amenace, o incluso termine con su vida, sólo podrá llegar a modificar el testimonio del primero, pero no lo que "sabe" por dentro.
Por todo esto no podemos predecir nuestras reacciones (mucho menos planearlas),
ni somos responsables de lo que opinemos, aunque esto pueda doler. Si en tu familia todos son de izquierdas pero tú terminas prefiriendo la ideología de derechas, no deberían enfadarse, pues quizá sí sea tu decisión el votar a uno u otro, pero no lo es el motivo que te ha llevado a hacerlo. Si alguna vez discutes con tus amigos porque tu opinión en el asunto X difiere de la del resto, no te culparán si son amigos de verdad, pues sabrán entender que no lo has decidido conscientemente, sino que es un resultado que te viene ya dado; en este caso intentaríais comprender recíprocamente la posición contraria sin discordia.
Aún más enrevesado puede ser el caso aplicado a los sentimientos. ¿Por qué en la sociedad actual, donde se presupone que todo se racionaliza, iban a estar mal vistas las relaciones homosexuales? Un individuo no elige quién le gusta ni de quién se enamora, de igual manera que no se elige cuál es el plato favorito ni la músic
a que más te llega. Si esto fuera así, todas las relaciones serían de conveniencia, pues tendríamos en cuenta factores racionales como el dinero, la posición, afinidad, distancia... y no es así. Cada uno se enamoraría de quien le resultase más cómodo, y conocemos por experiencia que muchas veces estar con la persona a la que de verdad se quiere en absoluto es cómodo ni fácil.
Por otro lado, a veces se presupone de nosotros sentir cosas para las que quizá no nos han dado motivos. Se nos dice que tenemos que querer a papá, a mamá, al tate y a la tata, pero no se nos ocurriría asumir eso en un niño cuyo padre es un maltratador (esto es un caso extremo, pero en los puntos intermedios puede haber de todo). De modo similar, no siempre nos sentimos sinceramente agradecidos cuando, por cortesía o educación, damos las gracias, pues puede darse el caso en que la acción a agradecer en realidad nos esté perjudicando más de lo que nos ayuda. Bien podemos tener deseos de experimentar en nuestro fuero interno lo que se espera de nosotros, pero si no lo sentimos a priori, no hay nada que hacer.
En último lugar, tampoco podemos responsabilizarnos (ni responsabilizar a los demás)
cuando un sentimiento se termina. Las parejas se rompen por esta causa (entre numerosas otras), sin exteriorizar demasiado el funcionamiento interno del mecanismo. ¿Dónde va el amor que se sentía y que simplemente se va marchitando? Al pensarlo profundamente se manifiesta más paradójico, pero sigue siendo cierto que, aunque el sujeto en cuestión quiera querer con todas sus fuerzas, no está en su mano el conseguirlo.
Las plantas están para crear biomasa, los peces pueden vivir en el agua, las aves saben volar. Nosotros hacemos muchas otras cosas, pero no somos arquitectos de nuestras propias emociones; nadie puede pretenderlo.
Por fin, ésta es, aparte de la Presentación, la primera entrada inédita del blog.
Me recordaron el otro día que, si lo piensas bien, nada vale para nada, porque un día todos vamos a morir. Y cuando estemos muertos
ya no nos va a importar nada, aunque haya otras personas aún viviendo. Sin embargo, si eso lo extrapolas a la n-ésima potencia, también llegará el día en que la Tierra muera, el Sol se apague, o un agujero negro se trague el universo entero para que éste vuelva a producir un nuevo Big-Bang en el que recomience todo. Entonces, sí que se habrá terminado absolutamente todo lo que conocemos, todo lo que hayamos dejado, todo. ¿Y luego, para qué vivir, si al final no habrá servido para nada?
Pues ésta es mi razón. Por un lado, está la Obra que dejamos. Con cada acto de nuestra vida estamos influyendo en algún aspecto de las vidas del resto, bien sea de
un modo tan evidente como en el que lo hace un gobernante, un descubridor, o un artista, o de una forma más modesta, cambiando nuestro pequeño mundo, por ejemplo promoviendo el ahorro de agua y energía, cuidando de los nietos, o prestando apuntes de clase. A la larga estos mínimos detalles van a marcar en mayor o menor medida una diferencia cada vez mayor en el tiempo, como un efecto mariposa, y nuestra existencia habrá tenido sentido en tanto que ha ayudado (o ayudará) a otros. Al menos, a mí me basta con eso.
Pero, si la vida de todas esas personas sobre las que influimos directa o indirectamente también terminará por extinguirse, la misma pregunta podría perseguirnos: ¿Para qué?
Aquí viene la segunda parte, la propia Vida que vivimos. Para que nuestra repercusión en otros coetáneos y en personas del futuro sea "útil", sus vidas deberán haberlo sido también; si nos planteamos vivir para otros, queremos que esos otros aprovechen sus vidas para compensar nuestra obra... (cre
o que estoy entrando en un bucle). Total que, de la misma manera, nosotros debemos sacarle todo el jugo a la vida para que tenga sentido el que otros se hayan esforzado por que lo consigamos. Hay que provocar que la vida en sí misma sea valiosa, que sea positiva, si no bajo las leyes de la termodinámica, al menos en el aspecto emocional. Hace falta encontrar esos momentos de felicidad, "esas pequeñas cosas", para que además de por lo que hacemos por dejarles a los demás, la vida valga la pena por lo que produce en sí misma para nosotros. Aunque algún día todo eso se acabe, habrá estado bien por lo que duró. Y eso producirá nuestra satisfacción.
La Obra perdura, pero la Vida la alienta.