lunes, 22 de diciembre de 2008

La Conveniencia y el Deber II

Este post no se parece en nada al anterior, y, sin embargo, lleva el mismo título; esto quiere decir que voy a tratar los mismos temas, pero bajo un planteamiento totalmente distinto, aquí diferenciando la una del otro.

En un lado del ring de boxeo encontramos al Deber, esa máxima que nos dice lo que está bien y lo que está mal, que tenemos que respetar para ser buenas personas, y cuyo peso es tan difícil de soportar. En el otro extremo está la Conveniencia (pero en su acepción más negativa), representando la comodidad, la decisión fácil, el interés propio y el egoísmo.

En cada situación
de nuestra vida el futuro se presenta como un dilema entre ambas alternativas. Sabemos que lo mejor es obedecer al deber, porque, ésta vez sí, tiene sentido, y va a ayudar a otras personas, o va a evitar perjudicarlas, sea a corto o largo plazo. Sin embargo, a veces la conveniencia propia nos tira más y, por pereza, por seguridad, por cansancio, por miedo, nos vemos tentados a faltar a nuestro deber.

Cuando el dilema es pequeño, intentamos "defendernos" de nosotros mismos (y de nuestra conciencia), justificando nuestra mala elección por la poca relevancia que implica. Otras veces, intentamos inventar argumentos para autoconvencernos de que, en contra de la primera impresión, resulta que era más recomendable nuestra actuación final. Damos mil vueltas hasta encontrar una explicación que nos convenza, y nos la repetimos hasta que terminamos creyéndonosla. Este acto es un reflejo involuntario, que, en principio, todo ser humano presenta, pero, no por ello, es menos cierto que sólo convierte en realidad un engaño.

A pesar de esto, es posible luchar contra este impulso, y estamo
s también en la obligación moral de tratar de hacerlo. Es nuestro deber combatir contra la conveniencia, y contra el disfraz de conveniencia en deber, para que, al menos, si tomamos el camino no del todo correcto, seamos conscientes de ello, y carguemos justamente con ese peso.

domingo, 14 de diciembre de 2008

La Conveniencia y el Deber I

El deber está extendido como una losa que pesa sobre todos nosotros, pero, a veces, aunque sentimos su peso, no sabemos de dónde procede, por qué actúa, ni hacia dónde se dirige. Tenemos la "sensación" de vernos atraídos o empujados a hacer algo, en principio, porque esa opción representa algo que, por alguna desconocida razón irracional, aparenta ser lo mejor. ¿Lo mejor para quién? ¿Por qué? Muchas veces no nos paramos siquiera a pensarlo.

Este post viene a raíz del comentario de Sara en "Arquitectos de emociones" (para que veas que sí te presté atención ^^). Y, por ser la semilla de la entrada, podemos empezar con ese aspecto: la conveniencia y el deber en el amor. ¿Qué pasa cuando quieres a alguien, o quieres estar con alguien, pero el deber dice que no puedes? ¿A quién realmente le conviene impedirlo? Habría que analizar por qué no es correcto, por qué el deber dice que no, y dar un paso atrás para darse cuenta si ese deber tiene algún sentido o sólo es una cortina de humo que alguien puso allí para molestar. Puede ser que, en contra de lo aparente, se gane más negando esa conveniencia y compartiendo el tiempo con quien no debas, para ser más feliz (lo dejo aquí para que sigas dando tú tus argumentos, Sara).

Otro ejemplo cutre puede ser de la categoría de los que la gente toma como fundamental sin pararse a reflexionar, como el deber de asistir a clase de teoría en la universidad. Hasta ahora esto no ha sido estrictamente obligatorio (¡¡qué bonita es Bolonia!!), pero en cualquier caso si alguien no iba a clase, ya se le miraba mal antes, y bajo mi punto de vista, esto no tendría que ser así: se espera de los universitarios que tengan la responsabilidad y el criterio suficiente para poder decidir cuándo les conviene y cuándo no asistir (aunque sea bien sabido que no todos poseen estas cualidades), y, objetivamente, existen casos en los que lo más aprovechable para un buen estudiante es quedarse en la biblioteca trabajando la asignatura por su cuenta en lugar de perder una hora en un aula en que no está realmente aprendiendo nada. Esto representa una situación hipotética, como muchas otras similares en otros ámbitos.

La sociedad frecuentemente tiende a establecer normas por convención, cosa que está muy bien cuando se necesita regular algo y no hay motivo aparente para decantarse por una u otra resolución. Pero la arbitrariedad
como regla porque sí, sin un criterio objetivo y de suficiente valor, para casos en los que el resultado no va a afectar a más personas que sobre las que pesa dicha obligación, no tiene sentido, y, por eso mismo, deberíamos replanteárnosla para cambiarla, pues lo único que puede estar causando es daño en la gente que por sí misma no la seguiría. No podemos ir como maletas por la vida, sin pensar lo que hacemos y lo que no, ni por qué seguimos unas normas u otras; debemos reflexionar para darnos cuenta de lo realmente importante, y reivindicarlo con el fin de mejorar el mundo.

Hay personas que se ríen de los niños cuando, al empezar a hablar, dicen cosas como "he rompido" o "he escribido", pero en realidad lo que están dando son muestras de inteligencia. Los niños no están viciados por la experiencia, no se dejan guiar por lo que han visto tantísimas veces que ya ni recuerdan por qué lo siguen,
como nos pasa a nosotros. Los niños preguntan a todo "por qué". Son curiosidad pura, son lógica aplastante. Relacionan las cosas por cómo deberían ser, no por cómo son a causa de arbitrariedades de la vida o de razones históricas. Al igual que con el participio de los verbos, bien por reflexión o por intuición, crean nexos de unión entre cosas similares, y parten para todo razonamiento desde cero, sin dar nada por hecho.

Así tendríamos que funcionar nosotros, preguntándonos el porqué de las cosas desde su origen, relacionando los valores con lógica y no por convención, descartando la conveniencia y el deber sociales en virtud de una conveniencia utilitaria y un deber moral racional.

domingo, 30 de noviembre de 2008

¿Antropófilo o Misántropo?

Supongo que todos alguna vez hemos pasado un momento de nuestra vida, quizá años, quizá minutos, en que odiamos a todo el mundo. Vaya, qué dramático ha sonado; a lo mejor no a todo el mundo, sólo al 99%. Me refiero a una situación en la que piensas que el ser humano como conjunto no se merece existir en este mundo teniendo en cuenta cómo se comporta (ahora ya me quedo mucho más tranquilo, esto no ha quedado nada radical). Te das cuenta de que estamos rodeados de vagos, incompetentes, abusones, soberbios, explotadores, maltratadores, interesados, prepotentes, ignorantes, egoístas, y, en general, gentuza sin escrúpulos ni empatía por nadie. Y piensas que, total, por dos o tres que se salvan, el ser humano es un desecho de la biología. "El infierno son los demás". Nadie merece realmente la pena. Te repugna estar junto a esa gente que actúa de un modo tan poco cívico. Durante unos instantes puedes hasta perder las ganas de vivir en un mundo en que "los hombres son lobos para el hombre". Entonces te has convertido en Misántropo, aborreces a la especie humana. Confieso que en cierta época de mi vida reconocí abiertamente mi condición como tal.

Pero, poco a poco, ves que hay más excepciones a esa "gentuza", y que las excepciones son muy valiosas, y que a lo mejor sí que merece algo la pena. Compruebas que hay personas que dan mucho sin esperar nada a cambio, gente que se esfuerza y pone todo de su parte, con buena voluntad e ilusión por vivir, y por compartir esa vida con los compañeros de viaje que tienen a su alrededor. Personas que, aunque, a veces, puedan hacer algo mal, o hacer daño, intentan que ésto sea así las menos de las veces; que anteponen los demás a ellos mismos; que dan oportunidades a quienes otros no se las dan; que están dispuestos a perder un poquito por que otros ganen mucho; en general que quieren dar lo mejor de sí. Y piensas que el ser humano es extraordinario (¡Anda! ¡Como en el anuncio de Aquarius!). Ahora puedes afirmar que eres Antropófilo,
confías en que el hombre sea capaz de seguir adelante y de hacer del mundo cada vez un lugar mejor, aunque sea granito a granito. Esperas que el mecanismo de la sociedad encaje con tus engranajes, y que, juntos, permitan ir desarrollando los procesos más o menos agradables que entraña este camino.

Personalmente, en el periodo actual, me encuentro en una fase de idealismo extremo (reconociendo la utopía, al menos, en la mayoría de casos), y, creo que, aunque haya que extirpar a algunos individuos del concepto abstracto del "más perfecto de los mundos posibles", la cosa funciona. Sin embargo, nunca estamos exentos de exponerno
s a la sombra de la misantropía, y podemos caer momentáneamente en ella si nos topamos con una alta proporción de "anti-personas". Promovamos la antropofilia e intentemos conseguir que esa peligrosa proporción gentucil cada vez sea menor; confiemos en el progreso humano, pero no sólo en un progreso "tecnológico" o "intelectual", sino en un progreso humano "humano".

viernes, 14 de noviembre de 2008

Arquitectos de Emociones

El ser humano ha llegado a dominar la gran mayoría de situaciones imaginables, cualquier proceso del entorno o incluso dentro de su propio organismo, para defenderse contra las enfermedades o valerse de las leyes físicas a su antojo, siempre buscando el beneficio. Pero aún hay algo, de dimensiones mucho más complejas, con lo que no hemos sabido enfrentarnos, ni lograr control sobre ello: las ideas y los sentimientos.

Existe enorme variedad de situaciones a las que aplicar la anterior sentencia, y, en todos esos casos, la tesis perdura. ¿Cómo podemos decidir lo que queremos "creer"? A veces, no sin esfuerzo, somos capaces de hacer discurrir nuestro pensamiento por determinadas áreas, y guiar así nuestro proceso mental, pero no nos es posible establecer de antemano las conclusiones a las que esa reflexión nos va
ya a conducir. Si, pensando, una vez dedujimos que la suma de uno y dos son tres, por más que queramos no podemos cambiar porque sí el hecho de que ya "sabemos" que es cierto. Si alguien, pensando, encuentra que para él una religión no tiene sentido, aunque quiera tener fe, no es dueño de hacer cumplir esa exhortación. Si alguien, pensando, se da cuenta de que hay unos valores que debe defender, por mucho que otra persona le insista, lo amenace, o incluso termine con su vida, sólo podrá llegar a modificar el testimonio del primero, pero no lo que "sabe" por dentro.

Por todo esto no podemos predecir nuestras reacciones
(mucho menos planearlas), ni somos responsables de lo que opinemos, aunque esto pueda doler. Si en tu familia todos son de izquierdas pero tú terminas prefiriendo la ideología de derechas, no deberían enfadarse, pues quizá sí sea tu decisión el votar a uno u otro, pero no lo es el motivo que te ha llevado a hacerlo. Si alguna vez discutes con tus amigos porque tu opinión en el asunto X difiere de la del resto, no te culparán si son amigos de verdad, pues sabrán entender que no lo has decidido conscientemente, sino que es un resultado que te viene ya dado; en este caso intentaríais comprender recíprocamente la posición contraria sin discordia.

Aún más enrevesado puede ser el caso aplicado a los sentimientos. ¿Por qué en la sociedad actual, donde se presupone que todo se racionaliza, iban a estar mal vistas las relaciones homosexuales?
Un individuo no elige quién le gusta ni de quién se enamora, de igual manera que no se elige cuál es el plato favorito ni la música que más te llega. Si esto fuera así, todas las relaciones serían de conveniencia, pues tendríamos en cuenta factores racionales como el dinero, la posición, afinidad, distancia... y no es así. Cada uno se enamoraría de quien le resultase más cómodo, y conocemos por experiencia que muchas veces estar con la persona a la que de verdad se quiere en absoluto es cómodo ni fácil.

Por otro lado, a veces se presupone de nosotros sentir cosas para las que quizá no nos han dado motivos. Se nos dice que tenemos que querer a papá, a mamá, al tate y a la tata, pero no se nos ocurriría asumir eso en un niño cuyo padre es un maltratador (esto es un caso extremo, pero en los puntos intermedios puede haber de todo). De modo similar, no siempre nos sentimos sinceramente agradecidos cuando, por cortesía o educación, damos las gracias, pues puede darse el caso en que la acción a agradecer en realidad nos esté perjudicando más de lo que nos ayuda. Bien podemos tener deseos de experimentar en nuestro fuero interno lo que s
e espera de nosotros, pero si no lo sentimos a priori, no hay nada que hacer.

En último lugar, tampoco podemos responsabilizarnos (ni responsabilizar a los demás) cuando un sentimiento se termina. Las parejas se rompen por esta causa (entre numerosas otras), sin exteriorizar demasiado el funcionamiento interno del mecanismo. ¿Dónde va el amor que se sentía y que simplemente se va marchitando? Al pensarlo profundamente se manifiesta más paradójico, pero sigue siendo cierto que, aunque el sujeto en cuestión quiera querer con todas sus fuerzas, no está en su mano el conseguirlo.

Las plantas están para crear biomasa, los peces pueden vivir en el agua, las aves saben volar. Nosotros hacemos muchas otras cosas, pero no somos arquitectos de nuestras propias emociones; nadie puede pretenderlo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Vida y Obra

Por fin, ésta es, aparte de la Presentación, la primera entrada inédita del blog.

Me reco
rdaron el otro día que, si lo piensas bien, nada vale para nada, porque un día todos vamos a morir. Y cuando estemos muertos ya no nos va a importar nada, aunque haya otras personas aún viviendo. Sin embargo, si eso lo extrapolas a la n-ésima potencia, también llegará el día en que la Tierra muera, el Sol se apague, o un agujero negro se trague el universo entero para que éste vuelva a producir un nuevo Big-Bang en el que recomience todo. Entonces, sí que se habrá terminado absolutamente todo lo que conocemos, todo lo que hayamos dejado, todo. ¿Y luego, para qué vivir, si al final no habrá servido para nada?

Pues ésta es mi razón. Por un lado, está la Obra que dejamos. Con c
ada acto de nuestra vida estamos influyendo en algún aspecto de las vidas del resto, bien sea de un modo tan evidente como en el que lo hace un gobernante, un descubridor, o un artista, o de una forma más modesta, cambiando nuestro pequeño mundo, por ejemplo promoviendo el ahorro de agua y energía, cuidando de los nietos, o prestando apuntes de clase. A la larga estos mínimos detalles van a marcar en mayor o menor medida una diferencia cada vez mayor en el tiempo, como un efecto mariposa, y nuestra existencia habrá tenido sentido en tanto que ha ayudado (o ayudará) a otros. Al menos, a mí me basta con eso.

Pero, si la vida de todas esas personas sobre las que influimos directa o indirectamente también terminará por extinguirse, la misma pregunta podría perseguirnos: ¿Para qué?

Aquí viene la segunda parte, la propia Vida que vivimos. Para que nuestra repercusión en otros coetáneos y en personas del futuro s
ea "útil", sus vidas deberán haberlo sido también; si nos planteamos vivir para otros, queremos que esos otros aprovechen sus vidas para compensar nuestra obra... (creo que estoy entrando en un bucle). Total que, de la misma manera, nosotros debemos sacarle todo el jugo a la vida para que tenga sentido el que otros se hayan esforzado por que lo consigamos. Hay que provocar que la vida en sí misma sea valiosa, que sea positiva, si no bajo las leyes de la termodinámica, al menos en el aspecto emocional. Hace falta encontrar esos momentos de felicidad, "esas pequeñas cosas", para que además de por lo que hacemos por dejarles a los demás, la vida valga la pena por lo que produce en sí misma para nosotros. Aunque algún día todo eso se acabe, habrá estado bien por lo que duró. Y eso producirá nuestra satisfacción.

La Obra perdura, pero la Vida la alienta.

lunes, 27 de octubre de 2008

Lenguas Vivas

Tenemos muchos debates últimamente a razón de las lenguas, por distintas vertientes. Por un lado está aún el conflicto en España con las lenguas cooficiales, ejemplificado con que en algunos centros de educación de ciertas autonomías no está generalizado el uso del castellano; otra cosa es el rollo de querer distinguir español de castellano y buscar malas intenciones en uno u otro caso; pero en eso no voy a entrar, porque tiene mucho a desarrollar y dista mucho del tema que quiero tratar hoy.

Las lenguas que hablamos en la actualidad se diferencian del griego clásico o del latín, lenguas muertas, precisamente en
lo que el propio nombre indica, están vivas. Esto significa que no son estáticas e inamovibles, sino todo lo contrario, que van cambiando en función de la población y de sus necesidades, como todo sistema complejo adaptativo (al igual que si se tratara de la evolución de la vida, que se va diferenciando en especies a partir de pequeñas diferencias, las lenguas de una misma procedencia se terminan separando). Esto ocurre en todos los niveles de un idioma, en mayor o menor medida: fonética, ortografía, gramática, sintaxis y léxico. Cada vez que hablamos o escribimos, estamos marcando la carretera por la que discurre nuestro modo de comunicación, tomando la base en lo que nos viene conocido del exterior, y añadiendo nuestro toque de personalidad, sobre todo en el acento y el vocabulario. Así se van creando dialectos y jergas.

Alguien me podría haber criticado por jugar con la arroba para englobar al géne
ro masculino y femenino en el título del post anterior. No sé por qué causa va a estar mal que yo haga uso de mi derecho de contribución. Por otro lado, tampoco entiendo que unos pocos que supuestamente son los que hablan bien el idioma castellano se atrevan a juzgar superior su habla cuando hay cientos de millones de personas que lo hablan algo distinto. Si la forma de hablar en México es la que comparten un mayor número de personas, en todo caso quizá podrían ser ellos los que establecer cómo se habla bien y cómo se habla mal, pero no necesariamente unos señores sentados en sillones si lo que pretenden es que hablar bien sea hablar igual para siempre, porque eso sería, muy literalmente, matar una lengua (hacer que deje de ser lengua viva para convertirla en lengua muerta).

Está claro que la evolución de una lengua debe ser relativamente lenta, y no
puede llegar alguien y modificarla tanto que nadie lo entienda; para eso hay que respetar unas normas que, de momento, son redactadas por señores sentados, cuya función es indispensable. Pero a su vez estos señores sentados deben adaptarse a las exigencias de la población, a veces más rápido de lo que les gustaría. El lenguaje codificado que se usa en sms, chats y apuntes es ya una realidad, pues la gente necesita escribir rápido y en menor espacio, y quizá intentar regularlo sería una mejor postura que intentar negar su existencia o destruirlo. Igual que cierto tipo de leísmo, o expresiones que en un principio fueron considerados vulgarismos, y hoy en día se consienten, habría que empezar a pensar en todos esos factores que el mundo moderno está introduciendo, como también ocurre con el género femenino de muchas palabras que antes no se aplicaban a mujeres, pero ahora ya sí.

Si bien el nivel de un hablante se mide por la capacidad que tenga para adaptarse a distintos registros, que nadie se deje engañar por otro que le diga que un estilo es el bueno y otro es el malo. Una de las tesis que uso más a menudo es “La lengua es de los que la hablan”, y así debe serlo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Cómod@ con un@ mism@

Hay personas que por gustar a los demás están dispuestas a sufrir mucho. O que para no sufrir mucho por no gustar a los demás, tienen que sufrir un poquito para gustarles. Hay otras que no quieren gustar a los demás, sino a sí mismas. También las hay que ya se gustan, y no tienen que hacer nada para conseguirlo.

La presión social del mundo contemporáneo parece conducirnos a unos cánones estéticos muy precisos, a veces origen de
Trastornos Alimentarios. Así enseguida pensamos en la ya tan típica y extendida Anorexia, y la no menos importante Bulimia. Estas enfermedades resultan en una pérdida de peso (bien por inanición o por vomitar lo ingerido), con consiguientes afecciones corporales debidas a carencia de nutrientes específicos que el organismo necesita. “Pero el objetivo lo cumple”, diría alguien muy obsesionado; lo malo es que ya no pueden parar. Igualmente, tampoco pueden parar de comer las personas con apetito compulsivo, lo que a veces lleva a la Obesidad, a la que también se puede uno acercar, no por comer mucho, sino por comer mal; éste es otro trastorno alimentario que conlleva problemas de salud igual de graves que los anteriores (desnutrición-sí, sí, un obeso puede estar desnutrido-, aterosclerosis, fatiga). Para “mejorar” el aspecto no sólo se recurre a la pérdida de peso; el entrenamiento de la musculación y las habilidades físicas puede llegar a convertirse en una obsesión más, caso de la Vigorexia.

Ya se alcance uno de estos nombres de enfermedad, o se tome cualquier otra medida con el fin de repercutir en
nuestra apariencia (desde peinarse, utilizar cremas, hasta operarse el pecho), estamos entrando en el juego de la Estética. Todo ser que se depila, se perfuma, se viste con determinada ropa, o se mira en el espejo, lo hace con una motivación. Así es cómo se termina dando lugar a los extremos.

Muchos os preguntaréis qué le pasa por la cabeza a uno de estos “obsesos” para aguantar sin comer (¡con lo rica que está la comida!), o para centrar todos los esfuerzos de su vida en conseguir unos músculos de ídolo griego. Podréis pensar en lo absurdo de sus actos si lo comparáis con lo bien que se sienten otros que apenas se fijan en su aspecto. Pero daos cuenta de lo que para ellos debe significar entonces el conseguir lo que desean, si están dispuestos a tantas cosas por lograrlo. Cuando nos planteamos, como personas, si hacer algo o no, pensamos en lo bueno que vamos a conseguir con ello, y en lo que nos va a costar de malo; en su caso, la balanza está claramente inclinada.

Reflexiono: “qué suerte tiene aquél que se siente cómodo consigo mismo”.

sábado, 25 de octubre de 2008

Bioética: amos del universo

Pues éste es el tercer y último capítulo del “Ciclo de la Bioética”, sobre Medioambientalismo y Experimentación Animal. Desde hace 160.000 años (fecha de la que datan los últimos hallazgos de Homo sapiens), el ser humano, al igual que cualquier otro ser vivo, se ha valido de su entorno para sobrevivir. Pero últimamente la cosa se ha ido acercando exponencialmente a extremos nunca antes conocidos en este planeta.

El hombre no tiene reparos en destruir el paisaje por hacerse con recursos mineros, en arrasar bosques y selvas por establecer terrenos agrícolas, o en extinguir especies animales autóctonas para criar ganado. Las selvas de Brasil se reducen en beneficio de los cultivos de la popular soja, los ecosistemas de los manglares en India peligran a causa de la cría de marisco, se exterminó al tigre de Tasmania para defender a las recién introducidas ovejas inglesas, y camino parecido llevan los pequeños y únicos kiwis australianos por culpa de las ratas y el turismo. Jugamos con el entorno al manipular y enterrar residuos radiactivos de centrales nucleares, nuestra incompetencia y atrevimiento cuesta derrames de petróleo que destruyen ecosistemas marinos que tardarán mucho en recuperarse, y nuestra voracidad insaciable por la comodidad está a punto de agotar las reservas de ese petróleo que tantísimos años le llevó formarse. La contaminación de la tierra por exceso de fertilizantes y la deforestación termina con los suelos, el agua caliente de las centrales eléctricas y los vertidos de algunas ciudades imposibilitan la vida en numerosos ríos. Y, por si fuera poco, las emisiones de gases clorofluorocarbonados (CFC) agujerean la capa de ozono que protege al planeta entero de la gran mayoría de radiaciones UV dañinas, las de óxidos de nitrógeno y azufre contribuyen a la lluvia ácida que puede debilitar hasta la muerte ecosistemas enteros a grandes distancias, y las de otros gases del efecto invernadero (sobre todo CO2) pueden estar al borde de cambiar radicalmente el clima a nivel mundial. Para estar hecho todo esto por una sola especie no está nada mal, ¿verdad?

Por otro lado, nos creemos tan superiores y tan dueños del mundo, que pensamos estar en nuestro derecho de jugar a nuestro antojo con el resto de seres vivos. Ahora, ya sin ponerme tan tremendista, me refiero a la
experimentación con animales: para que un producto cualquiera de aplicación al ser humano sea lanzado al mercado, es necesario que éste se teste con numerosos animales de laboratorio (caso de cremas, champú, tejidos sintéticos, fármacos, y hasta a veces ingredientes alimentarios o electrodomésticos). También se utilizan en investigación para descubrir nuevas vías de ataque contra enfermedades (por ejemplo la futura cura del Parkinson), terapia génica, etc. Para que millones de personas puedan disfrutar de todo esto, es necesario tal procedimiento. Pero ahora bien (como siempre), ¿hasta qué punto podemos llegar? En algunos lugares con falta de regulación y legislación suficiente, o en otros clandestinos, los susodichos son sometidos a duras torturas, a veces sin demasiada aplicación práctica; quemados, desmembrados, operados vivos y sin anestesia. ¿Podemos hacer todo lo que queramos? ¿Somos realmente los amos del universo?

viernes, 24 de octubre de 2008

Bioética: jugando a ser dios

Sé que el título suena bastante sensacionalista, pero el objetivo es que tenga tirón, ¿no? El segundo capítulo del "Ciclo de la Bioética" está dedicado a la Ingeniería Genética en todas sus múltiples vertientes, y a lo que sus aplicaciones suponen para el dominio de la vida (apenas se nota qué carrera estoy estudiando).

Como todos
sabéis, este campo ha avanzado increíblemente en las últimas décadas. Lo más característico es alterar el genoma de un determinado organismo para introducir un gen que nos sea de cierta utilidad, dando lugar así a un OGM (organismo genéticamente modificado), o, más comúnmente, transgénico. Los casos más típicos son los de alimentos como el maíz, los guisantes o los tomates, de los que ya cuesta encontrar variedades “puras”, pues pretendemos con ello mejorar la calidad de los mismos, protegiéndolos de plagas, aumentando su tamaño, o definiendo su textura. Pero no sólo en vegetales es extendida esta práctica: también se “diseñaron” peces resistentes al frío, bacterias que producen insulina (medio industrial actual destinado al consumo por diabéticos), o mamíferos que producen proteínas humanas que curan el edema pulmonar o controlan la coagulación en pacientes hemofílicos.

Existen otras prácticas relacionadas, como la clonació
n en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly), algunas técnicas de reproducción in-vitro aplicadas a humanos, o el diagnóstico de enfermedades raras y su transmisión hereditaria. De hecho, con un costoso proceso, es posible analizar genéticamente a una persona (“genotiparla”), de forma que se den a conocer datos sobre su predisposición a padecer ciertas enfermedades, lo que ya plantea los primeros reparos éticos. También ayuda a investigar el origen de muchas otras enfermedades (neuronales, hepáticas, metabólicas, cáncer) con miras a futuras curas.

Pero el asunto más descabellado es la posibilidad tecnológica de c
rear híbridos (nuevas especies de seres vivos mezcla de otras), clonar seres humanos, o incluso decidir cada uno de los rasgos y habilidades de los futuros hijos. Hay profetas que señalan el grave error del hombre al desempeñar una tarea que debería exclusivamente corresponder a Dios, ecologistas escépticos que recelan de los efectos secundarios a largo plazo del consumo de transgénicos (lo cual defendido científicamente no tiene ningún sentido), y moralistas que opinan que ya se ha llegado lo suficientemente lejos en este asunto.

Faltaría opinar en general sobre el derecho de la sociedad a valerse de estos medios para luchar contra el hambre, las enfermedades, y los desastres ecológicos, si bien también (por imaginar que no quede) se podría pensar sobre ir más allá, hacer cosas impensables hasta ahora (ética o técnicamente); la mente no tiene límites (aún definidos al menos).

jueves, 23 de octubre de 2008

Bioética: los límites de la vida

Bueno, el primer post que publiqué fue el primero de lo que denominé "Ciclo de la Bioética", temas candentes de actualidad que, en última instancia, tienen alguna repercusión directa sobre la vida. Aunque pueda parecer algo pretencioso que hable de este asunto a pesar de no haber conseguido plaza en la clase de Bioética, creo que lo importante es intentar informarse mientras sea posible por los medios de que uno dispone. Notaréis, como pasará en entradas posteriores, que apenas introduzco el tema, puesto que lo que esperaba es que fueran los "comentaristas" los que diesen su opinión y a partir de ella establecer una conversación más profunda.

Sin má
s dilación, comienzo con este artículo en el que trataré esos aspectos que rozan los límites entre la "vida" y la "no-vida", por decirlo de esta forma, es decir, principalmente la Eutanasia y el Aborto.

Para éste, lo primero habríamos de fijar el momento en
que poder considerar persona al nuevo ser vivo. Según la mayoría de Iglesias, los creen así a partir de la misma concepción, cuando apenas son un cigoto, una única célula. Algunos encuentran este punto hacia la tercera semana, cuando aparece el sistema nervioso; otros hacia los tres meses, con un grado de desarrollo general mayor; y otros sólo desde el nacimiento. Además de ello, habría que tener en cuenta muchos más detalles, como las circunstancias de los propios padres, o los riesgos de salud, tanto en un sentido como en otro (que permitan o dificulten el aborto), que afecten a la madre. Son conocidas cancioncillas que hablan del aborto como algo aberrante, que hasta nos hacían llorar de pequeños pensando en el pobre bebé, pero también otras que lo defienden en favor de la mujer que lo alberga en su vientre.

Al pensar en eutanasia a casi todos nos viene a la mente la historia de Ramón Sanpedro, quien voluntariamente prefería no seguir viviendo
en las condiciones en que se encontraba. Para empezar, hay muchos otros casos que poco tienen que ver con éste, estando el interesado en mucho más grave situación física, como enfermos terminales que sólo están alargando su sufrimiento, pero ¿a quién le corresponde decidir cuál es la línea divisoria que lo separa? Hay una distinción entre la eutanasia pasiva (que es dejar de emplear métodos artificiales para mantener la vida) frente a la activa (emplear medios directos para producir la muerte); ambas contrastan con su antónimo, la distanasia (que sólo retrasa una inminente muerte en un cada vez peor estado).

Me parece interesante (sólo como curiosidad, sin ánimo de poner a la Iglesia en el punto de mira) remarcar que personajes religiosos tan importantes como el
mismo Papa Ratzinger (Benedicto XVI) no acepte bajo ninguna circunstancia la eutanasia ni el aborto, y, sin embargo, justifique la toma de armas en una guerra y la pena de muerte como una defensa frente a una amenaza externa. Lo toma como un derecho de la sociedad, pues ésta debe buscar los medios para asegurar la “paz”, pese a que en ningún otro caso concede la categoría de asunto humano (sino exclusivamente divino) a arrebatar una vida.

En materia de eutanasia y aborto, una cuestión clave para posicionarse es la definición (en cada caso) de lo que es la “vida” para el paciente y el embrión / feto, si es que se le puede llamar así, y del sufrimiento que se va a producir o evitar con ello.

martes, 21 de octubre de 2008

Presentación

Hola a todos y muy bienvenidos a éste mi nuevo blog. Soy Chriskai.

Hace un tiempo empecé a colaborar con un amigo en su blog y le cogí gustillo a esto de proponer temas sobre los que debatir y discutir tranquilamente, para hacer a la gente pensar, y argumentar la opinión que tuviese acerca de un asunto concreto. Por circunstancias de la vida, dejé
de participar en dicho blog, y ahora, a instancias de algunos de mis lectores, he creado el mío propio.

Encuentro muy útil y formativo profundizar en la capacidad del ser humano para dialogar serenadamente, exponiendo quizá visiones radicalmente opuestas, sin que esto sea motivo de enfrentamientos o disputas acaloradas. También me parece algo enriquecedor buscar la manera de expresarse para que los demás entiendan lo que uno siente por dentro, o la forma en que vive las cosas. No pretendo que nadie venga aquí a adoptar ninguna opinión concreta, pero tal vez sí a formarse la suya personal; hay que hacer valer las ideas de uno, pero siempre respetando las de los demás y estando abierto a nuevas maneras de pensar. Mediante la reflexión y el razonamiento ordenado podemos alcanzar nuevas tesis que antes no nos planteábamos. Así nos formamos como personas y nuestra cultura de aprendizaje mejora.

Además, a través de todo esto (y gracias a ello) se pueden igualmente explorar muchas facetas de nuestra vida, descubriendo novedades de nuestro entorno y del conocimiento del mundo que nos rodea. Temas pertenecientes a la ciencia, la filosofía, las corrientes sociales o el conocimiento en general serán los habituales a tratar aquí, así como cualquier otro que a vosotros los lectores os parezca digno de ser sometido a discusión, para que todos aprendamos de los demás cuando sea posible.

Como hace poco que posteaba en el blog anterior, voy a hacer una rápida reposición de mis entradas previas, para que quede constancia de ellas, y, aunque los comentarios vertidos en ellas -lo más interesante de todo- se han perdido, el que quiera puede seguir opinando sobre cualquier aspecto, y desencadenará un nuevo debate.

Sin nada más que añadir, espero con todas mis ganas y mi ilusión que os guste el "rollo" de este blog, que participéis a menudo el mayor número de seguidores posible, y que consigamos entre todos hacer de esta página un muy buen sitio. Ya sabéis, animaos y ¡comentad!