En un lado del ring de boxeo encontramos al Deber, esa máxima que nos dice lo que está bien y lo que está mal, que tenemos que respetar para ser buenas personas, y cuyo peso es tan difícil de soportar.
En el otro extremo está la Conveniencia (pero en su acepción más negativa), representando la comodidad, la decisión fácil, el interés propio y el egoísmo.En cada situación de nuestra vida el futuro se presenta como un dilema entre ambas alternativas. Sabemos que lo mejor es obedecer al deber, porque, ésta vez sí, tiene sentido, y va a ayudar a otras personas, o va a evitar perjudicarlas, sea a corto o largo plazo. Sin embargo, a veces la conveniencia propia nos tira más y, por pereza, por seguridad, por cansancio, por miedo, nos vemos tentados a faltar a nuestro deber.
Cuando el dilema es pequeño, intentamos "defendernos" de nosotros mismos (y de nuestra conciencia), justificando nuestra mala elección por la poca relevancia que implica. Otras veces, intentamos inventar argumentos para autoconvencernos de que, en contra de la primera impresión, resulta que era más recomendable nuestra actuación final. Damos mil vueltas hasta encontrar una explicación que nos convenza, y nos la repetimos hasta que terminamos creyéndonosla. Este acto es un reflejo involuntario, que, en principio, todo ser humano presenta, pero, no por ello, es menos
cierto que sólo convierte en realidad un engaño.A pesar de esto, es posible luchar contra este impulso, y estamos también en la obligación moral de tratar de hacerlo. Es nuestro deber combatir contra la conveniencia, y contra el disfraz de conveniencia en deber, para que, al menos, si tomamos el camino no del todo correcto, seamos conscientes de ello, y carguemos justamente con ese peso.



























