Este post no se parece en nada al anterior, y, sin embargo, lleva el mismo título; esto quiere decir que voy a tratar los mismos temas, pero bajo un planteamiento totalmente distinto, aquí diferenciando la una del otro.
En un lado del ring de boxeo encontramos al Deber, esa máxima que nos dice lo que está bien y lo que está mal, que tenemos que respetar para ser buenas personas, y cuyo peso es tan difícil de soportar.
En el otro extremo está la Conveniencia (pero en su acepción más negativa), representando la comodidad, la decisión fácil, el interés propio y el egoísmo.
En cada situación de nuestra vida el futuro se presenta como un dilema entre ambas alternativas. Sabemos que lo mejor es obedecer al deber, porque, ésta vez sí, tiene sentido, y va a ayudar a otras personas, o va a evitar perjudicarlas, sea a corto o largo plazo. Sin embargo, a veces la conveniencia propia nos tira más y, por pereza, por seguridad, por cansancio, por miedo, nos vemos tentados a faltar a nuestro deber.
Cuando el dilema es pequeño, intentamos "defendernos" de nosotros mismos (y de nuestra conciencia), justificando nuestra mala elección por la poca relevancia que implica. Otras veces, intentamos inventar argumentos para autoconvencernos de que, en contra de la primera impresión, resulta que era más recomendable nuestra actuación final. Damos mil vueltas hasta encontrar una explicación que nos convenza, y nos la repetimos hasta que terminamos creyéndonosla. Este acto es un reflejo involuntario, que, en principio, todo ser humano presenta, pero, no por ello, es menos
cierto que sólo convierte en realidad un engaño.
A pesar de esto, es posible luchar contra este impulso, y estamos también en la obligación moral de tratar de hacerlo. Es nuestro deber combatir contra la conveniencia, y contra el disfraz de conveniencia en deber, para que, al menos, si tomamos el camino no del todo correcto, seamos conscientes de ello, y carguemos justamente con ese peso.
El deber está extendido como una losa que pesa sobre todos nosotros, pero, a veces, aunque sentimos su peso, no sabemos de dónde procede, por qué actúa, ni hacia dónde se dirige. Tenemos la "sensación" de vernos atraídos o empujados a hacer algo, en principio, porque esa opción representa algo que, por alguna desconocida razón irracional, aparenta ser lo mejor. ¿Lo mejor para quién? ¿Por qué? Muchas veces no nos paramos siquiera a pensarlo.
Este post viene a raíz del comentario de Sara en "Arquitectos de emociones" (para que veas que sí te presté atención ^^). Y, por ser la semilla de la entrada, podemos empezar con ese aspecto: la conveniencia y el deber en el amor. ¿Qué pasa cuando quieres a alguien, o quieres estar con alguien, pero el deber dice que no puedes? ¿A quién realmente le conviene impedirlo? Habría que analizar por qué no es correcto, por qué el deber dice que no, y dar un paso atrás para darse cuenta si ese deber tiene algún sentido o sólo es una cortina de humo que alguien puso allí para molestar. Puede ser que, en contra de lo aparente, se gane más negando esa conveniencia y compartiendo el tiempo con quien no debas, para ser más feliz (lo dejo aquí para que sigas dando tú tus argumentos, Sara).
Otro ejemplo cutre puede ser de la categoría de los que la gente toma como fundamental sin pararse a reflexionar, como el deber de asistir a clase de teoría en la universidad. Hasta ahora esto no ha sido estrictamente obligatorio (¡¡qué bonita es Bolonia!!), pero en cualquier caso si alguien no iba a clase, ya se le miraba mal antes, y bajo mi punto de vista, esto no tendría que ser así: se espera de los universitarios que tengan la responsabilidad y el criterio suficiente para poder decidir cuándo les conviene y cuándo no asistir (aunque sea bien sabido que no todos poseen estas cualidades), y, objetivamente, existen casos en los que lo más aprovechable para un buen estudiante es quedarse en la biblioteca trabajando la asignatura por su cuenta en lugar de perder una hora en un aula en que no está realmente aprendiendo nada. Esto representa una situación hipotética, como muchas otras similares en otros ámbitos.
La sociedad frecuentemente tiende a establecer normas por convención, cosa que está muy bien cuando se necesita regular algo y no hay motivo aparente para decantarse por una u otra resolución. Pero la arbitrariedad
como regla porque sí, sin un criterio objetivo y de suficiente valor, para casos en los que el resultado no va a afectar a más personas que sobre las que pesa dicha obligación, no tiene sentido, y, por eso mismo, deberíamos replanteárnosla para cambiarla, pues lo único que puede estar causando es daño en la gente que por sí misma no la seguiría. No podemos ir como maletas por la vida, sin pensar lo que hacemos y lo que no, ni por qué seguimos unas normas u otras; debemos reflexionar para darnos cuenta de lo realmente importante, y reivindicarlo con el fin de mejorar el mundo.
Hay personas que se ríen de los niños cuando, al empezar a hablar, dicen cosas como "he rompido" o "he escribido", pero en realidad lo que están dando son muestras de inteligencia. Los niños no están viciados por la experiencia, no se dejan guiar por lo que han visto tantísimas veces que ya ni recuerdan por qué lo siguen, como nos pasa a nosotros.
Los niños preguntan a todo "por qué". Son curiosidad pura, son lógica aplastante. Relacionan las cosas por cómo deberían ser, no por cómo son a causa de arbitrariedades de la vida o de razones históricas. Al igual que con el participio de los verbos, bien por reflexión o por intuición, crean nexos de unión entre cosas similares, y parten para todo razonamiento desde cero, sin dar nada por hecho.
Así tendríamos que funcionar nosotros, preguntándonos el porqué de las cosas desde su origen, relacionando los valores con lógica y no por convención, descartando la conveniencia y el deber sociales en virtud de una conveniencia utilitaria y un deber moral racional.