viernes, 24 de octubre de 2008

Bioética: jugando a ser dios

Sé que el título suena bastante sensacionalista, pero el objetivo es que tenga tirón, ¿no? El segundo capítulo del "Ciclo de la Bioética" está dedicado a la Ingeniería Genética en todas sus múltiples vertientes, y a lo que sus aplicaciones suponen para el dominio de la vida (apenas se nota qué carrera estoy estudiando).

Como todos
sabéis, este campo ha avanzado increíblemente en las últimas décadas. Lo más característico es alterar el genoma de un determinado organismo para introducir un gen que nos sea de cierta utilidad, dando lugar así a un OGM (organismo genéticamente modificado), o, más comúnmente, transgénico. Los casos más típicos son los de alimentos como el maíz, los guisantes o los tomates, de los que ya cuesta encontrar variedades “puras”, pues pretendemos con ello mejorar la calidad de los mismos, protegiéndolos de plagas, aumentando su tamaño, o definiendo su textura. Pero no sólo en vegetales es extendida esta práctica: también se “diseñaron” peces resistentes al frío, bacterias que producen insulina (medio industrial actual destinado al consumo por diabéticos), o mamíferos que producen proteínas humanas que curan el edema pulmonar o controlan la coagulación en pacientes hemofílicos.

Existen otras prácticas relacionadas, como la clonació
n en mamíferos (desde la famosa oveja Dolly), algunas técnicas de reproducción in-vitro aplicadas a humanos, o el diagnóstico de enfermedades raras y su transmisión hereditaria. De hecho, con un costoso proceso, es posible analizar genéticamente a una persona (“genotiparla”), de forma que se den a conocer datos sobre su predisposición a padecer ciertas enfermedades, lo que ya plantea los primeros reparos éticos. También ayuda a investigar el origen de muchas otras enfermedades (neuronales, hepáticas, metabólicas, cáncer) con miras a futuras curas.

Pero el asunto más descabellado es la posibilidad tecnológica de c
rear híbridos (nuevas especies de seres vivos mezcla de otras), clonar seres humanos, o incluso decidir cada uno de los rasgos y habilidades de los futuros hijos. Hay profetas que señalan el grave error del hombre al desempeñar una tarea que debería exclusivamente corresponder a Dios, ecologistas escépticos que recelan de los efectos secundarios a largo plazo del consumo de transgénicos (lo cual defendido científicamente no tiene ningún sentido), y moralistas que opinan que ya se ha llegado lo suficientemente lejos en este asunto.

Faltaría opinar en general sobre el derecho de la sociedad a valerse de estos medios para luchar contra el hambre, las enfermedades, y los desastres ecológicos, si bien también (por imaginar que no quede) se podría pensar sobre ir más allá, hacer cosas impensables hasta ahora (ética o técnicamente); la mente no tiene límites (aún definidos al menos).

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