sábado, 25 de octubre de 2008

Bioética: amos del universo

Pues éste es el tercer y último capítulo del “Ciclo de la Bioética”, sobre Medioambientalismo y Experimentación Animal. Desde hace 160.000 años (fecha de la que datan los últimos hallazgos de Homo sapiens), el ser humano, al igual que cualquier otro ser vivo, se ha valido de su entorno para sobrevivir. Pero últimamente la cosa se ha ido acercando exponencialmente a extremos nunca antes conocidos en este planeta.

El hombre no tiene reparos en destruir el paisaje por hacerse con recursos mineros, en arrasar bosques y selvas por establecer terrenos agrícolas, o en extinguir especies animales autóctonas para criar ganado. Las selvas de Brasil se reducen en beneficio de los cultivos de la popular soja, los ecosistemas de los manglares en India peligran a causa de la cría de marisco, se exterminó al tigre de Tasmania para defender a las recién introducidas ovejas inglesas, y camino parecido llevan los pequeños y únicos kiwis australianos por culpa de las ratas y el turismo. Jugamos con el entorno al manipular y enterrar residuos radiactivos de centrales nucleares, nuestra incompetencia y atrevimiento cuesta derrames de petróleo que destruyen ecosistemas marinos que tardarán mucho en recuperarse, y nuestra voracidad insaciable por la comodidad está a punto de agotar las reservas de ese petróleo que tantísimos años le llevó formarse. La contaminación de la tierra por exceso de fertilizantes y la deforestación termina con los suelos, el agua caliente de las centrales eléctricas y los vertidos de algunas ciudades imposibilitan la vida en numerosos ríos. Y, por si fuera poco, las emisiones de gases clorofluorocarbonados (CFC) agujerean la capa de ozono que protege al planeta entero de la gran mayoría de radiaciones UV dañinas, las de óxidos de nitrógeno y azufre contribuyen a la lluvia ácida que puede debilitar hasta la muerte ecosistemas enteros a grandes distancias, y las de otros gases del efecto invernadero (sobre todo CO2) pueden estar al borde de cambiar radicalmente el clima a nivel mundial. Para estar hecho todo esto por una sola especie no está nada mal, ¿verdad?

Por otro lado, nos creemos tan superiores y tan dueños del mundo, que pensamos estar en nuestro derecho de jugar a nuestro antojo con el resto de seres vivos. Ahora, ya sin ponerme tan tremendista, me refiero a la
experimentación con animales: para que un producto cualquiera de aplicación al ser humano sea lanzado al mercado, es necesario que éste se teste con numerosos animales de laboratorio (caso de cremas, champú, tejidos sintéticos, fármacos, y hasta a veces ingredientes alimentarios o electrodomésticos). También se utilizan en investigación para descubrir nuevas vías de ataque contra enfermedades (por ejemplo la futura cura del Parkinson), terapia génica, etc. Para que millones de personas puedan disfrutar de todo esto, es necesario tal procedimiento. Pero ahora bien (como siempre), ¿hasta qué punto podemos llegar? En algunos lugares con falta de regulación y legislación suficiente, o en otros clandestinos, los susodichos son sometidos a duras torturas, a veces sin demasiada aplicación práctica; quemados, desmembrados, operados vivos y sin anestesia. ¿Podemos hacer todo lo que queramos? ¿Somos realmente los amos del universo?

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