El hombre no tiene reparos en destruir el paisaje por hacerse con recursos mineros, en arrasar bosques y selvas por establecer terrenos agrícolas, o en extinguir especies animales autóctonas para criar ganado. Las selvas de Brasil se reducen en beneficio de los cultivos de la popular soja, los ecosistemas de los manglares en India peligran a causa de la cría de marisco, se exterminó al tigre de Tasmania para defender a las recién introducidas ovejas inglesas, y camino parecido llevan los pequeños y únicos kiwis australianos p
UV dañinas, las de óxidos de nitrógeno y azufre contribuyen a la lluvia ácida que puede debilitar hasta la muerte ecosistemas enteros a grandes distancias, y las de otros gases del efecto invernadero (sobre todo CO2) pueden estar al borde de cambiar radicalmente el clima a nivel mundial. Para estar hecho todo esto por una sola especie no está nada mal, ¿verdad?Por otro lado, nos creemos tan superiores y tan dueños del mundo, que pensamos estar en nuestro derecho de jugar a nuestro antojo con el resto de seres vivos. Ahora, ya sin ponerme tan tremendista, me refiero a la experimentación con animales: para que un producto cualquiera de aplicación al ser humano sea lanzado al mercado, es necesario que éste se teste con numerosos animales de laboratorio (caso de cremas, champú, tejidos sintéticos, fármacos, y hasta a veces ingredientes alimentarios o electrodomésticos). También se utilizan en investigación para descubrir nuevas vías de ataque contra enfermedades (por ejemplo la futura cura del Parkinson), terapia génica, etc. Para que millones de
personas puedan disfrutar de todo esto, es necesario tal procedimiento. Pero ahora bien (como siempre), ¿hasta qué punto podemos llegar? En algunos lugares con falta de regulación y legislación suficiente, o en otros clandestinos, los susodichos son sometidos a duras torturas, a veces sin demasiada aplicación práctica; quemados, desmembrados, operados vivos y sin anestesia. ¿Podemos hacer todo lo que queramos? ¿Somos realmente los amos del universo?

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